Asomado a las ventanas que dan al puerto. Las ventanas y las mañanas no dejan de ser esas excusas, como las palabras, que propician algo que llamarán, años más tarde, belleza. Pero mi asunto no éste, la belleza, ni siquiera el reguero de casas que se desparraman desde la colina hasta donde muere el espigón, confundiéndose las últimas ventanas con las espumas que brincan desde el mar. Ni las redes tendidas, ni las calles que bajan en tímida procesión hasta el paseo del puerto. Mis asuntos no son estos.
El hombre asomado lleva fruncidos los ojos por el paso de la habitación oscura a la tenue mañana. Los deseos matutinos, si pudiésemos verlos, también están fruncidos, pero así como los ojos adivinamos que se destintan en las comisuras, casi en las sienes, los deseos se fruncen, anudan y desanudan en un vago terreno del pecho. Terreno sin desbrozar aún. Ya veremos porqué.
El hombre recorre con las manos un trecho que va desde un brazo péndulo hasta la boca, con la excusa de un cigarro y de tomar humo, excusa que es, por otra parte, tan idéntica, lírica y antigua, como la de las ventanas y las palabras, porque el movimiento le sirve solamente para entretener el aire y darle forma alrededor de su cuerpo. Tan tibio de sábanas, caballos y noches, el cuerpo decimos, que aún no existe y el hombre aún no es sino sólo sueño y rasgo imposible de humedad. Pero así, moviendo el aire alrededor de su cintura, el cuerpo adquiere forma y se vuelve tácito, preciso como la ensenada o aquel barquito que ya cabecea contra el horizonte.
El hombre está desnudo; podría ser interesante este asunto en la descripción, pero todavía es tan leve la claridad que desde la calle sólo verían una sombra y desde dentro, si acechásemos en algún rincón del cuarto o si nos apostásemos en la cama que vigila, sólo veríamos un perfil de humo y el costado derecho, el herido, que va tomando existencia. Los dedos una vez conciliado y calmado el primer impulso del cigarro se detienen en los labios y tratan de articular palabras, pero no. Este precisamente es el efecto. Golpea espeso el humo desde los dientes y se dispara contra el pretil y se pierde en la cúpula que se va configurando más allá de la ventana. Probablemente si ahora pudiésemos contemplar la escena desde el otro lado, desde la colina con la iglesia, encaramados al campanario, o desde el resto de tierra que se mete mar adentro al este del pueblo y donde rutilante y matemático gira el faro, desde esa otra atalaya podríamos apreciar que el humo, como antes hiciera la mano en derredor del tórax, va dando forma a los sucesos de fuera del cuarto, pero con una peculiaridad: sería difícil precisar si el humo sale del cuarto, del pecho del hombre o si el mundo se diluye a través de él y está entrando en el cuarto y en el hombre. Banalidades. No nos demoremos. Nada es tan anodino. Lo cierto es que con la segunda exhalación, como un prestidigitador, van adquiriendo consistencia los tejados y crece musgo y rastritos de barro entre las chimeneas. Con la tercera las nubes adquieren matiz y dan ganas de salir corriendo hacia quien sabe donde. Con la cuarta el humo dibuja el final de la dársena y se descubre la flota y las redes que no saldrán esta mañana. Con la última, el hombre , al que ya claramente percibimos en su desnudez , el deseo anudado y una esquirla de sangre en el costado esboza una sonrisa. Seguramente, años más tarde dirán, que las ventanas, las mañanas, las palabras y las sonrisas son excusas de belleza. En ese momento el hombre desnudo y fumando esta pensando lo mismo que nosotros y si pudiésemos ahora quitar la vista del papel y llevarla despacio, hacia abajo, a la derecha, veríamos, también, sangre de batallas en nuestro costado. En ese momento la primera gota de sol se prende del canto de una nube y temblando cae de lleno en el corazón de la bahía. Esta es la primera mañana del mundo.
Artemio Rulán. Plagios y Albedos
