Saturday, October 21, 2006



Asomado a las ventanas que dan al puerto. Las ventanas y las mañanas no dejan de ser esas excusas, como las palabras, que propician algo que llamarán, años más tarde, belleza. Pero mi asunto no éste, la belleza, ni siquiera el reguero de casas que se desparraman desde la colina hasta donde muere el espigón, confundiéndose las últimas ventanas con las espumas que brincan desde el mar. Ni las redes tendidas, ni las calles que bajan en tímida procesión hasta el paseo del puerto. Mis asuntos no son estos.
El hombre asomado lleva fruncidos los ojos por el paso de la habitación oscura a la tenue mañana. Los deseos matutinos, si pudiésemos verlos, también están fruncidos, pero así como los ojos adivinamos que se destintan en las comisuras, casi en las sienes, los deseos se fruncen, anudan y desanudan en un vago terreno del pecho. Terreno sin desbrozar aún. Ya veremos porqué.
El hombre recorre con las manos un trecho que va desde un brazo péndulo hasta la boca, con la excusa de un cigarro y de tomar humo, excusa que es, por otra parte, tan idéntica, lírica y antigua, como la de las ventanas y las palabras, porque el movimiento le sirve solamente para entretener el aire y darle forma alrededor de su cuerpo. Tan tibio de sábanas, caballos y noches, el cuerpo decimos, que aún no existe y el hombre aún no es sino sólo sueño y rasgo imposible de humedad. Pero así, moviendo el aire alrededor de su cintura, el cuerpo adquiere forma y se vuelve tácito, preciso como la ensenada o aquel barquito que ya cabecea contra el horizonte.
El hombre está desnudo; podría ser interesante este asunto en la descripción, pero todavía es tan leve la claridad que desde la calle sólo verían una sombra y desde dentro, si acechásemos en algún rincón del cuarto o si nos apostásemos en la cama que vigila, sólo veríamos un perfil de humo y el costado derecho, el herido, que va tomando existencia. Los dedos una vez conciliado y calmado el primer impulso del cigarro se detienen en los labios y tratan de articular palabras, pero no. Este precisamente es el efecto. Golpea espeso el humo desde los dientes y se dispara contra el pretil y se pierde en la cúpula que se va configurando más allá de la ventana. Probablemente si ahora pudiésemos contemplar la escena desde el otro lado, desde la colina con la iglesia, encaramados al campanario, o desde el resto de tierra que se mete mar adentro al este del pueblo y donde rutilante y matemático gira el faro, desde esa otra atalaya podríamos apreciar que el humo, como antes hiciera la mano en derredor del tórax, va dando forma a los sucesos de fuera del cuarto, pero con una peculiaridad: sería difícil precisar si el humo sale del cuarto, del pecho del hombre o si el mundo se diluye a través de él y está entrando en el cuarto y en el hombre. Banalidades. No nos demoremos. Nada es tan anodino. Lo cierto es que con la segunda exhalación, como un prestidigitador, van adquiriendo consistencia los tejados y crece musgo y rastritos de barro entre las chimeneas. Con la tercera las nubes adquieren matiz y dan ganas de salir corriendo hacia quien sabe donde. Con la cuarta el humo dibuja el final de la dársena y se descubre la flota y las redes que no saldrán esta mañana. Con la última, el hombre , al que ya claramente percibimos en su desnudez , el deseo anudado y una esquirla de sangre en el costado esboza una sonrisa. Seguramente, años más tarde dirán, que las ventanas, las mañanas, las palabras y las sonrisas son excusas de belleza. En ese momento el hombre desnudo y fumando esta pensando lo mismo que nosotros y si pudiésemos ahora quitar la vista del papel y llevarla despacio, hacia abajo, a la derecha, veríamos, también, sangre de batallas en nuestro costado. En ese momento la primera gota de sol se prende del canto de una nube y temblando cae de lleno en el corazón de la bahía. Esta es la primera mañana del mundo.


Artemio Rulán. Plagios y Albedos


Wednesday, June 21, 2006


Epitafio


Brocq convenció a Ingram de aquello que ni él se creía tres minutos antes:

- Puede ser. Es posible –argumentó Brocq..

- ¿Estás seguro? –se sorprendió ella- ¿de veras estás seguro?.

- No, claro, claro que no, “de veras” y “seguro de veras” nunca lo estaré.

- Entonces.

- Entonces puede ser.

- ¿Cómo?

- Precisamente por no estar convencido del todo- asumió misteriosamente el metódico Brocq.

- La duda siempre verdad ¿no?

- La duda siempre, luminosa Ingram.

- ¿Y que dirá tu Violeta Goeckerman de todo esto?.

- ¿Qué dirá?. No lo sé. No lo sé ni me importa.

- Ahora entiendo porque sangraba Auspiz aquella noche- susurró Ingram aproximándose al inmutable Brocq.

- ¿Por qué? – retrocedió él.

- Tenía miedo de mí, sabía que no era bueno que estuviese cerca de ti – más estrechada a él.

- Y notaste el miedo bajo aquella bujía tenue, percibiste su sangre. Pocas luces siempre el torpe Aus. Pocas luces y mucha sangre

- Ajá.

- Eres una experta en percibir.

- Ajá.

- En percibir y en tomar pieles.

- Ajá.

- Ya me avisaron Munro y Koebner.

- Te avisaron esos canallas –pegándose Ingram al abrigo de Brocq- ¿Y te avisaron de esto?.

- Nop. De esto no me habían avisado.

- Vaya.

- Sí.

- Entonces te avisaron solo a medias de que era peligrosa, de que puedo ser peligrosa y letal.

- Eso es.

- Eso parece. Pero te repito –dijo ella, tan cerca que parecía él- qué pensará tu Violeta Goeckerman de todo esto.

- ¿Qué pensará de tu luz o de tu capacidad de producir dolor?.

- No, de eso no, deja la lírica, qué pensará de esto...

- No se preocupa mucho de las manos femeninas y menos de esta.

- Y a ti te parece bien.

- Me parece apropiada sí.

- Nunca me habían dicho eso: que mi mano era apropiada –sonrió Ingram.

- No se me ocurre nada mejor y tampoco creo que tengamos mucho tiempo para frases más largas.

- ¿De veras no lo crees?.

- Sabes que “de veras” nunca creo.

- Y esto te lo crees......

- No, sólo lo siento, que ya es bastante- apuró él.

- ¿Sentir? De tacto o de disculpa.

- De lo que quieras.

- Eso es bueno.

- Pero prueba a quitarme el abrigo a ver si puedo sentir mejor.

- Quieres sentir esto.

- Por ejemplo eso –susurró Brocq.

- Ya veo que esto también te parece como dirías... apropiado.

- Eso mismo. Apropiado.

- Puede que al final hasta te acabes enamorando de esto.

- No, nunca me enamoro.

- ¿Nunca lo haces metódico Brocq?.

- ¿Esto o enamorarme?

- Enamorarte.

- Nunca.

- Vaya – sorprendida- lo haces tan bien que pareces un nombre enamorado. Podrías enamorar a cualquier dama.

- Es que sé guardar muy bien las formas.

- Ya veo. Las guardas francamente bien.

- No como el pobre Auspiz, que se enamoró antes de tiempo.

- No tengo la culpa de que fuese un necio –dijo Ingram- pero, dime ¿cuándo es para ti antes de tiempo?.

- Antes de que tu hubieses sangrado.

- Eso es literatura. Nunca he sangrado.

- Puede ser.

- No voy a tomármelo como un insulto.

- Y menos ahora.

- Y menos ahora..... ¿No te gusta estar callado cuando lo haces?.

- No, me gustan las buenas conversaciones en los buenos momentos.

- Ya veo.

- Se siente mejor así ¿verdad? –dijo ronco Brocq.

- Sí.

- Así.

- ¿A la Goeckerman también se lo haces así?.

- Soy muy rutinario. Siempre lo hago así.

- Me acabarás gustando.

- ¿Por eso no tienes sangre entre los dedos esta noche?.

- Aja.

- No creo que me haya librado de tu lista.

- Yo tampoco lo creo –musitaron muy suaves los labios de Ingram en el oído del metódico Brocq-. Ya sabías el riesgo que era estar dentro de mí.

- Lo sabía.

- ¿Entonces?. ¿Qué te trajo aquí dentro esta noche?.

- Me gustan los viajes sin destino fijo.

- Un perdedor además. Eso suena a perdedor.

- Me congratulo. Siempre quise parecer un perdedor. Son los que mejor salen parados en el cine.

- Pues no creo que salgas muy bien parado esta noche –dijo ella mientras su mano recorría con un escalofrío la espalda desnuda del hombre.

- Me lo suponía. Nunca me creí demasiadas películas.

- Ya veo.

- ¿Y tu asumirás haber asesinado al hombre de quien te acabas de enamorar?

- Probaré a asumirlo. Me encantan los retos.

- Ya somos dos.

- Me encanta amanecer sola y triste.

- ¿Sabe? Ahora parece usted la perdedora.

- Será porque me encanta amanecer bien sola y bien triste.

- ¿Aunque hayas perdido al hombre que te deseaba?.

- Aunque tú no seas ese hombre. No me engañes.

- No. Ya te dije que nunca me enamoro.

- ¿Ni de la Goeckerman?

- Ni de la Goeckerman.

- ¿De veras nunca te has enamorado? –insistió ella.

- Ya sabes que “de veras” no es mi expresión favorita.

- Lo sé, lo sé, pero casi lo olvidaba.

Dijo Ingram mientras una mancha encarnada se extendía por el costado del hombre que desnudo e inerme se deslizó entre sus caderas. Entre lágrimas y con la piel aún caliente, con el olor de Brocq en el ánimo, se levantó, encendió un cigarrillo y anotó las horas que faltaban para el alba, tratando de olvidar la sangre espesa anudada entre sus manos.


Artemio Rulán. Plagios y albedos. Editorial Fútbol de Poetas

Sunday, April 16, 2006

de nuevo empezamos
(rulán en brote)

“Los dragones no han muerto”. Eso fue la primero que oimos al abrir los ojos, o quizás todavía no estaban ni abiertos ni despierta la mente que tiró de los párpados como un telón en espectáculo de títeres.

No pude oír como seguía la frase de la radio-despertador porque por automatismo ya había apagado el botón y la radio se extinguió en un murmullo de sábanas . Hacen tanto ruido las sábanas a las seis de la mañana que parecen de estraza...Icé los huesos y al tender hacia arriba los hombros me sorprendí de que la fuerza mínima escondida en la cabecita que desplegaba los párpados como mesanas, también se atrevía con estos hombros doblados y mi barriga cervecera. Sonreí por la imagen , la barriguca como jarcia hinchada poniendo proa al trabajo, y la imagen se elevó al cuadrado recordando la breve frase: “Los dragones no han muerto...” . La voz era la del locutor de todas las mañanas. Ese tono conciso y esa voz tan cinematográfica, la manera en que dejó resbalar la última palabra me hacia pensar que era un titular de las noticias. Un titular importante además. Un titular con la música de cabecera al fondo. Un titular que posteriormente se desarrollaría. Aquella vaga reseña radiofónica que quizás pasaba tan desapercibida a otros congéneres, mamíferos como yo, laborales rutinarios, contemporáneos como yo que ahora también estaban mirándose al espejo y tratando de reconocer al tipo o a la tipa que se asomaban a la mañana a tantos años luz de su entendimiento. No era mi caso. Yo entendía perfecta su contraseña : los dragones no han muerto.

Sonreía a mi imagen en el baño. Más mía que nunca porque sabía cierto, seguro, al hombre de ojos opacos, castaños que me miraba. Su cabello. Su franca y tierna miopía. Las mejillas desgastadas, con discreta pendiente que permitía a las lágrimas , patinar, en época de lluvias, como participantes de salto internacional de uno de enero. Las manos. Los dedos tan largos espesando el aire como batiendo espumas o nata. Esa ausencia perenne de hombros y ese cuerpo serrano que le había hecho más subisidiario de la estirpe de los ungulados (“eres tan dulce como un osito” le había dicho aquella petarda tantos años) que de los humanos. Pero sonreía. Dientes ciertamente separados y de primera generación. Pero sonreía. Esas uñas como de águila y estas orejas tan profusas. Tan semánticamente profusas también.

Y sonreía.

Y sonreía en aquella barbarie del desayuno, cuando los cereales eran como una explosión, confetti, ninguno acertando en el tazón de cacao y luego pisarlos, crujientes, tan frescos en el suelo de la cocina. Haciendo ese cric-crac que tenían que haber hecho en su boca pero que hacían debajo de mis zapatillas y se asemejaban a las sábanas de estraza a las que estuvo tentado a volver. Incluso me subí , quiero decir se subió, a la cama y estuve a punto de hacer un triple mortal o una carpa o la bomba (“ sé realista amigo que es lo único que sabes hacer”) y pegarme un nuevo baño de sueños. Una vigilia de responsabilidades y de horarios. Una travesía acuática entre las sábanas calentitas. Bien podría haber sido.

Pero no. Hoy había ánimo para todo. El camino ha cambiado. Los que conocen el viejo tránsito de Pérez de Ayala, Marx, Avda Portugal se merecerán un a explicación. El camino no es el mismo. Ahora: Alfonso Camín poeta, avenida del Llano, cruce mirando despacito que vienen como locos en Manuel Llaneza, y desplegarse hasta la plaza de Europa tan tendida de sol, amaneciente. Hermosos los parques. Más hoy , más hermosos hoy que nunca que llevo, que lleva Rulán esta cara de imbécil, esta sonrisa puesta, la nariz de clown pretendidamente olvidada. Esa hermosa nariz de clown que tanto asusta a los transeúntes. Entro, entra Rulán en el Humedal. Plaza del Humedal, antigua de los Mártires o la Acerona. A dos pasos de la estación de autobuses. Este es el lugar más peligroso de todo lo que dura su camino . Y hoy lo va a ser más que nunca. Hoy Rulán se juega el pulso y la vida. De los quince minutos de paseo cotidiano este es el lugar más peligroso, recuerda Rulán. La plaza más hermosa del mundo. Por que apenas se dobla la esquina ya entra la brisa del mar desde Pedro Duro y el Cantábrico se te mete en el sentimiento y no te suelta y el sol, hoy tan puto, ya puede estar pegando de lleno, tan bello el cabrón, amanecido y le dice: Artemio, despista, olvida el ticket, deja la oficina, ven. Y la piedra de la iglesia, se funde al mismo ritmo con el que al pobre Artemio (maletín, sonrisa, pensamiento los dragones existen, barba, miopía y nariz encarnada) se le funde por dentro algo que le empieza a chorrear por las yemitas, con unas ganas de tocar y de acariciarlo todo. De poder tener una cremallerita en medio del pecho y abrirse entero o darse la vuelta y ponerse del revés. Y que se lo lleve el viento dios sabe donde.

Y hoy Artemio puede hacer barbaridades. Contemplar los perfiles cambiantes de Trama Acaidra y tratar de recordar lo importante: cómo movía las manos o el albeldo que se prendía en su iris avellana. Recordarle que en algún momento determinado le dibujo un interrogante en los ceniceros y que si ella supo mirar, allí encontraría las preguntas y las respuestas.

Hoy Artemio puede hacer barbaridades. Sacrificar la nómina, rodadas laterales en la acera o malabares con los documentos que espera el jefe. Hoy Rulán podría salir corriendo al puerto y anotar uno a uno los rincones donde amó y donde le amaron, las palabras que quedaron prendidas en los espigones, en los bancos, escribir su nombre de siete letras en todas las paredes hasta que vengan los municipales y le quiten la nariz. Hoy solicitar podría presencia de las gaviotas testigas de sus años. Y volver a esa esquina del mundo, desde donde vimos, recuerdas amigo, tantos días morir, y pedir cuentas. Señalar los barcos, las casitas. Y decir. Mirad. Mirad. Señalar despacito como desde Rue Dauphine a la calle en busca del puente, sin alas pero decir. Mirad. Es verdad. Los dragones no han muerto


Artemio Rulán. Del libro Plagios y Albedos

Tuesday, April 04, 2006



Tránsito 2.0


Enciendo el cigarro en Martín Huéspedes con Trujillo. Dispuesto a enfrentar la teoría de los espejos circulares.

No acaba de salir la mañana del sueño y es vago el contorno del humo en las encías; una muesca, una derrota en la garganta; un deseo –vano, leve, intenso- de reconocernos eternos. Pese a ello, en estos días extraños de Abril, tiene más conciencia de vida esta ceniza ocre que desecho después de las dos primeras caladas.

Retomo la vereda del parque y asumo la deriva de mi nave. A la misma hora un coche revienta en un arcén y se agotan los billetes en Atocha. En Capitán Haya la luz invade el apartamento y alguien añora el Norte. Una mujer acompaña el desayuno de su hijo y le mece con fábulas que le encamine a su rutina prevista de seis años. Un hombre se niega a levantar la cabeza del lecho y de hacerlo, es transparente la fatiga, con lo que asume el río de la almohada y resume mariposas en el sueño de sus últimas horas.

Pendiente de Mejías antes del estanco: Un hombre sube al trabajo y se acelera –displicente- para no coordinar sus pasos con los míos. Llueve algo de nuevo y llevo miedo en las muñecas. Que golpean.

Una muchacha ordena –en el sexto, dos manzanas más allá- sus propósitos y querencias delante del espejo y se niega una derrota apostada entre el cepillo y el desodorante. La Palabra pende de un hilo en el semáforo ámbar de Alfonso Camín con López de Ayala, pero va tan rápido el pitillo que no deja medir sus sílabas. Otra mujer dormita manchada de rastros y memorias y un muchacho, dieciséis años, con rostro como el de éste que narra, descubre que detrás del ruido asoma una esquirla de Viento.

Apuro la mitad del cigarro cuando entro en la Plaza. Los contenedores rebosan papeles y diarios antiguos. En Kosovo o en otro país ajeno siguen bombardeando. Unos obreros pintan de nuevo el paso de peatones y el olor amargo se mete en la tripa con la bocanada de humo de las siete cincuenta y dos.

Estimo mis pasos. Me enamoro de las buhardillas y de las gaviotas que resumen el aire en el espigón. A lo lejos. A lo lejos al final de la avenida, un barco anclado en el puerto propone romper anclas y partir la ciudad en dos, despoblando su quilla el hormigón que detiene nuestros días. Abre el kiosco de Junceda con Igueldo casi cuando voy llegando a la colilla.

En la cabina de enfrente retumban verbos de las últimas veinticuatro horas. Apuro dos besos más, casi quemando los dedos opacos. Llego tarde y resumo mi prosa.

Abril cierra puertas y continúo manejando tanto dolor que no me acierto. Y sigo por más que ando, por más que busco, sin encontrar la palabra para tanta sangre en el pecho.

Sunday, February 05, 2006

A Demi Marx
la enseñaron a paladear sexos
de hombres extraños.
Mientras lo hace
no deja de mirar a la cámara
(su iris es
el vértice del deseo:
un adolescente descarga
sus proezas al ordenador y al misterio)

Sus epinicios van más allá
de simples penetraciones
en gimnásticas posiciones.
Su repertorio abarca
la deglución del semen
y un arcádico gesto
de dejarlo escapar
entre las comisuras de los labios.

El adolescente contempla el acto,
incrédulo y excitado,
comprende que el placer y el miedo
tienen una lábil frontera que muchas
Demi Marx
trasponen con franqueza y para perplejidad,
ebondad y tristeza
–todo en uno-
de generaciones venideras.

Demi pide una toalla y se limpia el asombro.
Un hombre violento
le ordena cambiar de postura
y reiniciar la toma.

Demi al limpiar el semen de su boca y de su sexo recordará unas flores que le regalaron en la escuela al cumplir los ocho años, una tristísima flor que colocaron en su pupitre, una tarta, un
puente que bajaba al río.


Del libro Septiembre_598

Tuesday, January 31, 2006

Islas


Lo de la isla bien podíamos considerarlo una petición extraña para sus últimos días. Un capricho inusual que teniendo en cuenta su estado era imposible denegar. Todo el equipo médico que había seguido su proceso desde el principio nos desaconsejó severamente el viaje. Su situación física, evidentemente, no era la más propicia; el vuelo podía resultar gravoso y su nivel de conciencia (cada día se difuminaba un poco más) tampoco era el más idóneo para que la estancia por unos días en la isla le permitiera disfrutar con intensidad de la misma.

Pero mamá se había empeñado. Siempre, desde muy pequeña, había mantenido una especial devoción mediterránea. Una devoción sentimental y poética que formaba parte de su calendario afectivo; lo mismo que celebrar abril, recoger tafetanes rojos o inventar palabras para los objetos cotidianos. Una singular obsesión narrativa. Y en setenta años de vida sólo había sido eso: una devoción narrativa, ya que apenas había salido del norte y mucho menos contemplado el mar donde habían nacido y crecido muchos de sus antepasados.

La enfermedad había sido mucho más rápida de lo que nos anunciaron aquella mañana en un pasillo diáfano del hospital. Su cuerpo menguaba y el ánimo sólo le iba asomando en las manos afiladas que movía cada vez más despacio y en las pupilas dobladas en la almohada como dos tachuelas fulgentes. Papá se había venido abajo y cuando mamá le dijo bajito que quería ir a morirse a la isla estuvo llorando varios días seguido, encerrado en su habitación, sin ganas de que nadie, menos aún ella, le viera así, tan demacrado, tan poroso el viejito, y con esa tristeza corpórea en los hombros y en los pasos del pasillo. Lloraba en silencio, dejando charquitos celestes cuando se rozaba con los muebles y convertía el ánimo en una espesura tal que daba pena tener que cortar la melancolía de las sillas y de los enseres que utilizaba. Cuando salió de su cuarto, nos dijo que no importaba lo que los médicos dijesen, que se iba, que nos íbamos todos al mar antiguo.


La densidad del aire, transparente y vegetal, sólo dejaba bocanadas de luz y enebro en la piel. Los caminos serpenteantes de piedras y olivos que bajaban al sur. Un propósito continuo por tratar de decir todas las palabras que, hasta entonces, en la familia, nos habíamos negado. El simple deseo de decir era, por naturaleza, imposible y por eso, obviando palabras indescifrables, nos dedicábamos a dar largos paseos alrededor del faro, meridionales, exiliados de norte, empapándonos de las gotas de sol que nos acompañaban desde la mañana al crepúsculo: unas gotas doradas como lágrimas que se pegaban, tan bellas, en los nudillos y las muñecas.

Papá no tenía mucho que contar. Menos que nosotros. No quería. Y se dedicaba a pasar la mano por la frente de mamá y susurrarle al oído cosas que la hacían sonreir débilmente. Se pasaba todo el día a su lado. En su cabecera. Ella estaba muy pálida pero el pelo mojado y peinado hacia atrás, tan oloroso, la hacían hermosa y solemne. Una hermosa princesa solemne que contemplaba la serenidad con la que el sol se balanceaba al oeste sobre aquella boca salina y azul. Agotados, muchas veces ausentes, el sol y ella, pero con esa intensidad que siempre dan los días de verano.

Encontramos una pequeña casita. Muy funcional. Cerca del cap d´Artruitx. Algo muy pequeño para los cuatro y lo suficientemente cerca del mar para que subiendo la cama diera la impresión de que el agua entraba en la habitación y éramos trocitos de algas o pléyades de peces inmortales. Puedo decir que la cuidamos como se cuidan las últimas cosas que sabemos que es precioso cuidar para que no desaparezcan del todo: ni en ellas mismas ni en nosotros.

Una mañana se inclinó sobre el cubrecama y nos dijo que no se iría. Que a estas alturas y con todo aquello que se veía enfrente era imposible decir que se iría. Que otros habían estado antes allí soñando, viviendo y besando los arenales y los pinos y que otros vendrían detrás de ella. Yo me llamo Miguel y Miguel me llamaba cuando me dijo esto mirándome a los ojos que heredé de ella. Me dijo que algo quedaría de su paso en aquel cantábrico y en éste mediterráneo. Que no tuviésemos miedo. Que estuviéramos tranquilos. Que tampoco sintiéramos vergüenza ni pudor si hay que decir o escribir las cosas como alguna vez nos fueron contadas.

Murió con la misma serenidad con la que llegó a la isla. Creo que la cuidamos lo suficiente para que no tuviera soledad, ni dolor ni miedo. Lloramos mucho y no creo improcedente decir que la despedimos con un sentimiento parecido a la plenitud. Le pusimos un puñado de arena blanca entre los dedos y empapamos la planta de sus pies con agua de mar como hacían los antepasados con sus muertos para presentarlos, sencillos y hermosos, a sus dioses. El faro empezaba a palpitar a lo largo de la costa y el viento del oeste acariciaba las casas y los barcos, rizando la tarde, con esa misma intensidad y soltura que como ella misma, sólo tienen los seres eternos.

Saturday, January 14, 2006

Con vocación de hojas torpes
pero necesarias
hemos asumido el dolor de los ausentes
ese dolor que se nos pone en
las palmas de las manos
como el sol de tarde en
Tepanahuori

Nos dirán por ello. Nos dirán
Pero para que nos digan,
para ellos
contamos a nuestros muertos

No por el simple hecho de
darles nombres y apellidos
o
de guardarles en cajas
como se guardan los gorriones de otoño,
las conchas o
los nomeolvides

Contamos a nuestros muertos
para que su muerte sea principio de vida
y nuestra vida, trabajo, conciencia
y descanso de sus muertes


Del libro Tepanahuori